La Columna de Renko

Ley del hielo


«Cada vez que escucho decir de un niño que «es muy maduro para su edad», no puedo evitar pensar que quizás es un niño que también ha experimentado mucho más que otros de su edad: maltrato, abandono, traición, abuso, violencia doméstica, divorcio, alcoholismo, drogas, muerte, etc.»

Hace unos años, mientras conducía  el auto con mis hijos rumbo a algún lado, mi hija de 4-5 años, en un arranque que tenía días repitiéndose, me dijo: “no me hables, no quiero hablar contigo” y seguido de eso, ignoraba mis intentos por recuperar la comunicación. Después de unos instantes, guardé silencio y solo la veía de reojo, sin perder de vista el camino. En algún momento, me dijo algo y deliberadamente la ignoré. Lo repitió varias veces, hasta que se percató que ni siquiera volteé a verla. Empezó a tratar de llamar mi atención, subió la voz, me jaloneó del brazo, “papi, papi, te estoy hablando, contéstame, por favor”, su vocesita sonaba ya un poco desesperada y empezó a sollozar. En la parte trasera, mi otro hijo mayor que ella, de 8-9 años, intervinó, “¡Papá!, que no ves que te está hablando, mira está llorando, hazle caso”. Al oírlo, su hermana se soltó a llorar más fuerte, como si solo esperara eso para dar rienda a su sentimiento. En ese momento, decidí orillar el auto, apagué el motor y volteé hacia el asiento del copiloto. Abrí mis brazos para darle refugio a mi hija entre ellos. Estaba llorando a pulmón suelto, sentía su pecho que subía y bajaba y que se le dificultaba hasta gimotear. Esperé en silencio hasta que dejó de llorar y se tranquilizó por completo. Sin soltarla, le acaricié lentamente el cabello y le dije algunas palabras de cariño. Poco a poco se tranquilizó y volvió a la normalidad. La solté con suavidad para que regresara a su lugar. Entonces empecé a hablar con voz afectada.

— ¿Se acuerdan que una vez me preguntaron por qué no frecuentamos a su abuela?

Los niños asintieron con la cabeza, sus miradas curiosas por lo inusual que estuviéramos estacionados en una calle cualquiera, teniendo aquella charla.

— Cuando yo era niño, -le digo a mi hija- mirándola a sus ojitos, mi mamá me castigaba dejando de hablarme por varios minutos. Era su manera de decirme que estaba enojada conmigo y desaprobaba cualesquiera que hubiera sido lo que yo había hecho. Conforme fui creciendo, esos minutos se fueron convirtiendo en horas, luego en días y para cuando llegué a la adolescencia, en semanas. Cuando era adulto, las semanas se volvieron meses, cuando su abuela se enojaba conmigo por cualquiera que fuera la razón, dejaba de hablarme, era como si hubiera dejado de existir para ella. Con el paso del tiempo, los meses se transformaron en años, como es esta última vez en la que ha estado fuera de la vida de ustedes por mucho tiempo. Lo que no sabes —le dije a mi hija— es que así como te sentiste tú, por unos minutos, me sentía yo, por muchos días, semanas, meses y años. Cuando era niño, me dolía muchísimo que mi mamá dejara de hablarme, me sentía malo, rechazado, que no merecía ser su hijo, que era el peor niño del mundo. Conforme fui creciendo, cada vez que dejaba de hablarme, ese dolor se transformó en enojo y resentimiento, si así quería que fueran las cosas, pues así iban a ser, tampoco le iba a estar rogando para que me hablara, así que también dejaba de buscarla por el tiempo que fuera necesario. Por supuesto, cuando ella volvía a hablarme, nunca se mencionaba el motivo por el que se había enojado y alejado, no se platicaba, no se ofrecían disculpas y era como si nunca hubiera sucedido, todo volvía simplemente a la normalidad. Pero en el fondo, sabía que si no hacía, reaccionaba o me comportaba como mi madre quería, ella podía declararme de nuevo la ley del hielo sin miramientos, ni arrepentimientos.

Mi hija me miraba con sus ojitos brillantes y mi otro hijo estaba también muy atento, era la primera vez que les platicaba algo así de su abuela.

— Perdóname — le dije a mi hija— por haberte hecho sentir así, quería que entendieras lo que siento cuando me dejas de hablar, de cómo me duele y me recuerda cuando mi mamá me dejaba de hablar por largas temporadas. No quiero que sientas jamás otra vez lo mismo y tampoco, que me hagas sentirlo.

Es más, quiero que ahora hagamos un pacto, un acuerdo de “pinky promise” —le ofrecí el dedo meñique— que nunca vamos a dejar de hablarnos uno al otro, por más molestos que estemos y que lo vamos a platicar. ¿Me lo prometes, mi amor?

— Sí, papi, nunca más volveré a decirte que no me hables, ni a portarme así como hace rato, no quiero que te duela feo. —Dijo, mi niña.

Por varios días, mi hija repetía, ¿verdad papi que nunca vamos a dejar de hablarnos, porque cuando tú estabas chiquito te lo hacía mi abue y te dolía mucho?, yo le contestaba con una sonrisa que así era, que nunca dejaríamos de hablarnos, que nunca usaríamos la ley del hielo entre nosotros.

Eso fue hace más de 5 años y hasta la fecha, puedo afirmar con gusto que no hemos roto esa promesa. Nos enojamos, discutimos, podemos no estar de acuerdo en algo, pero jamás nos hacemos daño o buscamos castigar al otro por pensar distinto o por cometer un error.

***************

La ley del hielo es una de las prácticas más dañinas y dolorosas que un padre/madre puede utilizar con sus hijos, es un daño psicológico que puede extenderse para toda su vida y un hábito que puede transmitirse a las siguientes generaciones como mala herencia. Aplicar la ley del hielo envía un mensaje a la otra persona en la que se le hace sentir que ha sido cancelada, que fue borrada de la faz de la tierra, es como decirle: estás muerto, mira cómo no existes para mí, no te escucho, no te miro, no me importas.

Ahora imagínense a un niño recibiendo ese mensaje de aquel que se supone que está ahí para apoyarle, guiarle, amarlo sin condiciones. Si ese ser que debería amarle incondicionalmente le trata así, ¿qué puede esperar de los demás?, su autoestima se daña, se siembran semillas podridas de inseguridad y un temor al rechazo que harán estragos en su vida adulta. Se conducirá en sus relaciones con un miedo tenaz al abandono, a no ser suficiente para sus parejas, a sentir que no vale, adhiriéndose a su voluntad y deseo, aunque no esté de acuerdo, por miedo a ser abandonado por su pareja, para no confrontar los problemas de raíz, para no sufrir, para no estar solo(a).

Los padres que utilizan la ley del hielo como una medida de control psicológico, actúan de manera egoísta y manipuladora, solo buscan sus propios intereses y no los de sus hijos, quieren salirse con la suya a cualquier costo y lograr que sus hijos se conduzcan como a ellos les resulta conveniente. Un padre así, no acepta que su hijo tiene derecho a su individualidad y a pensar distinto que él. Sin importar su edad, intenta castrarle emocionalmente para que sea al modo que el padre/madre prefiere. Los hijos crecen con una carga de culpa, miedo y dolor por sentirse obligados a ser lo que no desean y  a la vez, con una baja autoestima que afectará alguno o todos los entornos (trabajo, amor, escuela, familia) en que se desenvuelva. Una condición que únicamente es posible resarcir con mucho trabajo terapéutico.

Se dice que existen distintas heridas emocionales que los padres infringen a los hijos, la mayoría de las veces, sin desearlo. No es la intención abordarlas en este espacio, sino invitar al lector a analizar objetivamente su infancia y su desenvolvimiento adulto. Si considera que hubo algún tipo de situación en la infancia que aún tiene efectos en su vida adulta, lo recomendable es recurrir con un profesional de la salud mental para empezar a trabajarlo de una buena vez. El pronóstico es una vida plena y en paz, en donde la autoestima sea sana y las relaciones con otros seres humanos sean plenas y satisfactorias, en especial, aquellas que involucran a la pareja y los hijos.

Germán Renko @ArkRenko
Psicólogo y escritor.

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Acerca de Germán Renko

Psicólogo y escritor. Autor de: «Con las Alas en Llamas» y de la frase: “Si no era Amor, era vicio. Porque jamás una boca me hizo regresar tantas veces por un beso”.

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