Relatos Eróticos

El llamado


«Te me antojas para todo lo que se hace a puerta cerrada, pero en especial para lo que empieza de noche, se termina de madrugada y se repite al despertar.»

Escuché tu voz, aunque me encontraba lejos, algo primitivo en mí captó que eran tus sonidos básicos, agucé el oído, sí, gemías, tu respiración era entrecortada y agitada, sentí el llamado de la naturaleza en mi piel, el instinto tomó el poder sobre la razón, encaminé mis pasos de cazador hacia el hábitat de mi presa. Ahí estabas, con tu mano haciendo agua, ahí estaba con mi sed ancestral.

Sabías que estaba ahí, me viste a los ojos porque había una invitación en tu voz a lo lejos, me buscabas a través del viento, a través de tus jadeos había un mensaje inconfundible para mí, me llamabas, solicitabas ser cazada, sentirte bajo el yugo de mi daga y dejarte fluir sobre el filo de su dureza.

Me acerqué a ti, estabas lista, no necesitabas más preparativos, me despojé del traje de cazador y miraste de nuevo mis ojos y después tu mirada descendió lentamente hacia mi arma, que te apuntaba con su cañón único, una gota de rocío en la punta era la única señal de su inquietud, se bamboleaba de un lado a otro, como si estuviera a oscuras y buscara la luz con sus manos. Me dirigí hacia la claridad de tu piel, quizá era la luz que deseaba. Pero no era luz, era fuego, eran llamas, las sentí en la piel tan pronto introduje mi daga en tu herida de mujer, el cazador cazado, venía por ti y en realidad me jalaste hacia tu trampa.

Me movía con fuerza, con el deseo de salir y me arrepentía a medio camino para volverme a introducir a ese divino tormento. Empujaba con todo mi ímpetu, sentía tus entrañas abriéndose ante mi embate, la punta tallando, el tronco sosteniendo, mi vientre sirviendo de tope. Te miré a los ojos, estabas tan radiante y llena de vida, entonces lo supe, quizá el cazador encontraría su fin antes que tú.

Utilicé mis dedos como defensa, mis dientes como aliados, te vi temblar ante el cambio, ya no estabas tan segura de tu victoria, sentí tus aguas volverse mares, te deshacías por dentro y entre más agua soltabas, más fuerte me volvías, te di más fuerte, con lo que me quedaba de brío, talle tu piel, en donde te hacías electricidad, era apenas un botón con la capacidad de una planta nuclear, lo hice girar con alevosía, lo empapé de ti, fuego combate fuego, lo sentí luchar inútilmente, era una cereza bajo mi pulgar y la aplasté incontables veces, hasta que tu garganta soltó un grito y mi daga sintió el calor más fuerte de su vida, pensé que la derretirías, al menos por dentro, me sentía hecho agua, una llovizna que pugnaba por salir a tratar de apagar un incendio.

Apreté tu cuerpo, te vi a la cara, lo supiste igual que yo, te entregaste a tu destino, moviste tus caderas, me oprimiste con fuerza en nuestra unión, como queriendo evitar que se desperdiciara una gota.

Disparé dentro de ti y eso desató tu placer, sentir mis balas pegando en tus entrañas, como dinamitas haciendo explosión al golpear con tu piel. Te dejaste ir, te rendiste a la ventaja de mi dedo en tu centro, mi daga en tu interior y mi grito de batalla pegado a tu oído.

Disparé más veces, me apretaste más fuerte, me clavaste las uñas, te mordí el cuello, me vacíe en ti, pero ni así me soltaste, ni así me salí, me quedé dentro, encima de ti, jadeante tú, jadeante yo, nuestras miradas brillantes clavadas una en la otra.

Escuché tu voz cerca de mí y nos dimos un beso en son de paz, un empate, hasta la próxima cacería.

Germán Renko @ArkRenko
Psicólogo y escritor.

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Acerca de Germán Renko

Psicólogo y escritor. Autor de: «Con las Alas en Llamas» y de la frase: “Si no era Amor, era vicio. Porque jamás una boca me hizo regresar tantas veces por un beso”.

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