Escritos Poéticos

El bosque de los castigos


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Kilómetro 13 – El bosque de los castigos

El sol de aquel domingo había avanzado varios puntos en el horizonte. Los vidrios en las ventanas de casas y edificios estaban calientes y un ligero vapor se desprendía del pavimento en las calles. Parecía que el verano había decidido dar su última función antes de marcharse de gira por un año, era eso o que el Diablo estaba alegre por el trabajo de sus muchachos en la madrugada.

En el estacionamiento subterráneo de un viejo edificio de grandes ventanales, revestido con paredes azules y rayas blancas, estaba estacionado un Jaguar plateado. En el último piso, su dueño dormía a pierna suelta. Por debajo de unas sabanas grises asomaba una pantorrilla velluda y sobre una almohada descansaba una cabellera oscura y despeinada. Sus mejillas morenas mostraban una barba ligeramente crecida, sus labios entreabiertos estaban enmarcados en vello negro con pinceladas blancas y sus párpados denotaban el incesante movimiento de un par de ojos que no dejaban de desplazarse, aunque lo único que captasen fuera una noche artificial. Max recobró la consciencia lentamente, al mover los hombros sintió unas punzadas de dolor en el brazo derecho y recordó su papel de semental en la madrugada anterior, también le escocían los labios y el sexo lo sentía aporreado.

Debajo de las sábanas sintió un respingo doloroso por aquellas memorias y una sonrisa torcida asomó en su cara. Recordó a la dama de rojo algunas semanas atrás y su invitación en Ruben’s para verse en cierto punto de la carretera estatal y el misterio de aquella hermandad secreta. Dentro de la ducha pudo constatar el daño que nuevamente habían dejado el filo de unas uñas en su espalda, en un brazo tenía las marcas de unos dientes pequeños y afilados, un sacrificio que había valido la pena por aquel orgasmo trepidante en el estacionamiento vacío de la Facultad de Medicina. Los cajones vacíos habían sido testigos de su encuentro con “Adriana”, la chica de pelo castaño que había espiado en su primera noche. Ahora conocía el tamaño y el sabor exacto de sus senos, el olor de su sexo y el sonido de sus gemidos, sabía que se humedecía poco y en ocasiones rompía el coito para ensalivarle el miembro antes de clavárselo de nuevo. Se puso caliente de nuevo y deseó tenerla desnuda y recostada en su cama, pero eso estaba fuera de los límites; estaba prohibido intercambiar sus nombres verdaderos y los números de sus teléfonos móviles, cualquier tipo de comunicación que pudiera dar pie a crear lazos íntimos o amistosos entre ellos. Aquello le había quedado muy claro con lo acontecido en el bosque. Max salió de la ducha y mientras frotaba la toalla para secar el agua que escurría por su cuerpo desnudo empezó a rememorar el episodio en el bosque.

Fue apenas una semana después de lo de Ruben’s recordó Max. La siguiente cita del club de lectura de cuerpos había tenido lugar algunos kilómetros más adelante del Kilómetro Trece. En una zona donde la carretera está bordeada por grandes árboles y las posibilidades de ser descubiertos en plena madrugada por ojos curiosos o una patrulla son muy remotas. La caravana se había formado en el mismo orden de jerarquía, al frente estaba un Mercedes de años recientes que pertenecía a la líder del grupo, la dama de rojo y el resto se alineaba detrás de acuerdo a su antigüedad. Los nuevos como Max, se quedaban rezagados al fondo de la fila y debían captar las órdenes a la primera, pues no había un manual ni nada a donde recurrir para despejar sus dudas. En esa, su segunda vez, Max se quedó fumando y esperando dentro de su auto, no sabía qué otra cosa hacer, suponía que algo ocurriría, habría alguna señal que le indicaría cuál debía ser su papel y entonces actuaría de acuerdo a éste. Sus ojos no se perdían detalle, miraba cada uno de los coches, a la expectativa que algo ocurriera. Pero no pasaba nada, creyó que había llegado a destiempo o que quizá se habían ido todos al bosque y aquí estaba él, como idiota, perdiéndose la diversión. Se estiró todo lo que pudo, para despejar inconscientemente las malas suposiciones, las piernas hacia el piso del coche y los brazos apuntando al techo. Dio una nueva fumada a su cigarro y fue cuando notó movimientos en su periferia.

La portezuela del coche de enfrente se abrió, dejando salir a un hombre pálido que pasaba la treintena, su piel clara resaltaba dentro de sus ropas oscuras, como si fuera alguno de los vampiros de Rice que había cambiado el hábito de la sangre por el sabor del sexo. Su cara se extendía por toda su cabeza calva y sobre ella viajaba un sombrero bombacho. Al salir del auto se ajustó el saco como preparándose para ofrecer su mejor aspecto y volteó sin mirar hacia donde los ojos atónitos de Max lo observaban. Sus pasos enfilaron en esa dirección, meditando durante el breve desplazamiento que seguramente el novato estaría pensando que esta vez le había tocado en el sorteo un hombre y estaría buscando desesperado cómo escapar de la situación o quizá resultaba ser uno de esos especímenes extraordinarios capaces de amar en dos direcciones. A saber, por lo observado con anterioridad, el nuevo disfrutaba el contacto de la piel femenina, así que se le ocurrió una idea que lo haría sufrir un poco. Ocultó una sonrisa bajo el sombrero para agacharse al llegar a su destino para dar el mensaje.

—Bájate y sígueme, te toca conmigo —le dijo a Max por la ventanilla del copiloto.

En la cabeza de Max se desató una batalla campal entre todos sus pensamientos, los sucios y perversos contra los racionales y convencionales. Se negaba a aceptar la corriente de excitación traicionera que recorría sus vertebras como el arañazo del Diablo, aunque en el menú de sus extravagancias no estaban las pelotas de hombre, este era un club muy especial en donde no dudaba se pondrían a prueba sus propios límites. Empezó a caminar detrás del hombre de negro, pensó que tal vez la dama de rojo los esperaba en su coche y todo aquello terminaría en un trío con ella y el tipo a quien ahora le seguía los pasos, aquella idea lo excitó aún más. Se percató que sin querer lo estaba estudiando por detrás, pero sin connotaciones sexuales, era de una estatura similar a la de Max, que rondaba el 1.80, apenas a unas décimas del número perfecto, del número redondo con que sueñan todas las mujeres, por eso cuando le preguntaban su estatura decía que era 1.80 sin más, los tacones de sus zapatos no lo dejaban mentir y a nadie hacía daño con ese inocente redondeo que además servía para cumplir fantasías y trazar un brillo en la mirada de la mujer que había hecho la pregunta.

Conforme se acercaban al extremo de la caravana, escucharon los rumores de una discusión. Max divisó de espaldas a “Bruno”, el troglodita del que le había advertido Ricky en el bar, se notaba inconforme y empujaba con ambas manos a otro de los hombres del clan, “Armand” era un tipo delgado y atlético, pero de un peso muy inferior a su oponente.

— El sorteo es una mierda —le espetaba “Bruno” a “Armand”— tú no tienes jerarquía, yo digo que se debe elegir a nuestro acompañante y la quiero a ella. Su contrincante no hablaba, sólo desviaba las manos que buscaban imponerse sobre sus hombros, aunque intentaba no retroceder ante su embate.

Al cabo de unos pasos, “Armand” se plantó de frente como David ante Goliat y levantó los puños, decidido a dar pelea. Nadie intervenía en el connato de duelo, los duelos por una mujer son algo muy privado, aunque haya público de por medio. Los cinco restantes se limitaban a verlos intercambiar algunas fintas a la orilla de la carretera, midiéndose uno al otro. Sin embargo, el primer puñetazo y todos los demás, los encajó el mastodonte en su involuntaria víctima. En la cara de “Armand”, un lienzo pardo con una nariz recta aparecieron unos manchones rojizos. Un grito de la dama de rojo detuvo la pelea cuando fue claro que aquello era un monologo de un par de puños. Al oír la voz de la dama de rojo, el clan cambió de postura para escuchar el desenlace. El motivo de aquel altercado se debió a que “Bruno” se inconformó del resultado. “Roxanne”, la rubia del grupo, le había tocado en el sorteo irse con “Armand”, el hombre que ahora tenía la cara menos manchada de sangre que el orgullo marchito. Era evidente que se habían roto las reglas. El mastodonte y la moderna Helena se habían estado viendo a escondidas entre semana, sin que nadie lo supiera ni impidiera; cogiendo todas las noches como si el fin del mundo estuviera detrás de ellos, inevitable y fatídico. Max se preguntaba qué implicaciones habría y algo lo hacía sospechar que lo averiguaría muy pronto. Esa madrugada la sesión de sexo casual fue una dura lección que “Bruno” tuvo que soportar con el estoicismo de un beduino.
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El clan de los siete abandonó los autos a la orilla del camino. Los cuatro hombres vestidos de negro y las otras dos mujeres vestidas a discreción enfilaron hacia el bosque, siguiendo a su reina. Max notó que ninguna vestía de rojo, sólo ella, la mujer a la cabeza de la expedición, que como una novia privilegiaba el color para su exclusivo uso. Obedeciendo sus instrucciones se internaron entre varios árboles grandes y espigados. Reinaba un silencio sepulcral, hasta los animales salvajes dormían a esa hora y sólo se escuchaba el lejano ulular de una lechuza. Caminaron por algunos minutos, pisando la hierba verde y pateando alguna piedra desprevenida, hasta llegar a un área despejada en donde hicieron un alto. Parecía que todos sabían lo que iba a suceder, menos Max, que se sentía presa de una desconocida y creciente excitación. Todo era nuevo para él y le producía un pérfido placer no tener idea de lo que sucedería a partir de ese momento. Imaginaba que habría algún terrible castigo por aquella violación a las reglas. Se sentía afortunado de estar presente y deseó nunca estar a merced de las manazas de “Bruno” o provocar la desaprobación de la dama de rojo.

Hombres y mujeres formaron un círculo alrededor de la rubia que agachaba sumisa la cabeza, como aceptando su inminente castigo, había un toque ceremonioso en toda aquella rutina. Ella vestía una falda de mezclilla azul eléctrico que le daba por encima de las rodillas y una blusa a cuadros en tonos naranjas de dos intensidades. En torno a ella estaban todos, menos “Bruno”, que también comprendía su papel, sin perder su imponente aspecto se había ido a sentar sobre una gran roca que estaba a pocos metros del grupo, con la vista clavada en la congregación. “Armand” fue el primero en el ritual de castigo, quizá por su papel de ofendido. Estaba de pie, con las manos cayendo en posición de soldado sobre sus muslos, Max notó que su respiración era tranquila y no se le veía vengativo o violento. “Armand” tomó por los hombros a “Roxanne” en una forma que no dejaba lugar a la duda y la obligó con suavidad a inclinarse hacia él, ella bajó la cremallera del pantalón que quedó frente a su boca y procedió a pagar con sus labios y su lengua la ofensa. Nadie hablaba ni se distraía mirando hacia otro lado, el silencio era absoluto, y sólo se rompía por los sonidos propios de los cuerpos moviéndose. Los ojos de los demás estaban clavados en la escena, la boca de la rubia se movía para adelante y para atrás, su lengua ofrecía el tributo de paz. La poca sangre en el rostro de “Armand” estaba seca y éste se perdía de dicha, al cabo de unos minutos de lúdico placer había olvidado los golpes y disfrutaba los movimientos y el calor de su prisión. Max sentía su cuerpo lleno de poder y una fuerte energía sexual lo cimbraba de los pies a la cabeza. La luz de la luna caía noblemente sobre las siluetas y proyectaba sombras inmóviles, excepto dos balanceándose en un movimiento sensual.

Al ritual se unió la dama de rojo, que vestía una falda plisada y de textura rugosa en tono tinto, su blusa era holgada de la cintura hacia abajo y a la altura del pecho se ceñía para contener sus frugales pechos. Con movimientos deliberadamente calculados, se plantó detrás de la “L” que formaba el cuerpo de “Roxanne”, despojó firme y determinadamente de su falda a la chica, bajando el cierre trasero con la mano izquierda y al dejarla caer hasta sus tobillos puso al descubierto sus nalgas redondas y blanqueadas en el área del bikini. A la altura del sacro, el tatuaje de una mariposa en tres colores saludó las pupilas de todos con su coqueto aleteo al sentirse expuesta. Con su mano derecha la dama de rojo azotó a la rubia acompasadamente, varias veces en ambos extremos por debajo de la cadera, dejando sus largos dedos marcados en carmesí, provocando cruces de unas huellas sobre otras previas y arrancando unos grititos de la boca a “Roxanne” que gemía entre dolor y placer. Aunque había un castigo en todo aquello, no dejaba de ser parte de un ritual secreto en el que todo confluía en la satisfacción de los sentidos y la búsqueda exclusiva del placer en lo individual. Siguió el turno del tercer hombre, el calvo con su sombrero bombacho, a él correspondió un honor especial, bajó las bragas de la chica hasta las rodillas y la penetró en una sola estocada, estremeciéndola de placer y deseo, unos gemidos sosegados y aniñados salieron corriendo de la garganta de “Roxanne” para perderse en el pasto y ser la siguiente señal. Agachada, con las piernas abiertas y su cabellera rubia colgando hacia el suelo, “Roxanne” estiró sus manos a tientas para alcanzar a Max por el pantalón y repetirle el tributo pagado a “Armand” con una mano delgada y de uñas cortas y sin pintar. Un par de ojos observaban al trío sin perder detalle, sentado en su esquina de castigo, “Bruno” observaba la piel sin broncear de “Roxanne” estremecerse con las embestidas recibidas por detrás y que servían para impulsarla contra Max y tragárselo casi completo en cada movimiento hacia adelante. Su castigo era ver entregada al grupo completo a la mujer que había codiciado para él solo. Nadie le prestaba atención, aunque presente, estaba excluido de la ceremonia.
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A unos metros del círculo, un árbol con el grosor de una persona se convirtió en el inesperado receptor del abrazo de la dama de rojo, que discretamente se había llevado a Armand de una mano, éste se había acomodado por detrás de ella y la penetraba con movimientos violentos con la mirada volteada hacia la otra escena, la dama de rojo también saboreaba el doble castigo que le propinaban los dos hombres a “Roxanne”, jadeaba y una mano suya acompañaba en círculos íntimos el ritmo de Armand. Únicamente “Adriana”, la chica de la cabellera castaña estaba aparentemente relegada de la acción. Recargada a horcadas sobre una piedra, con su vestido verde oliva extendido alrededor y cubriendo parte de la roca, miraba hacia la escena del trío, luego hacia el árbol arropado por un brazo femenino y terminaba el recorrido en “Bruno”, al que miraba a hurtadillas de manera lasciva y provocativa. Un poco más abajo de su cara, sus manos estaban perdidas por debajo del vestido, tocándose entre las piernas, experimentando el placer ajeno a través del túnel que conectaba su mirada con su psiquis caliente y excitada. Una sincronía de movimientos y sonidos se adueñaban de la quietud del bosque, un grupo de 3 mujeres y 3 hombres unidos más allá de la piel, hundidos en sus laberintos, liberados al alcanzar la salida por obra y gracia de sus sentidos. El placer y la lujuria eran los dioses a los que se adoraban esa madrugada, los hijos de Adán y Eva habían hallado una nueva variedad del fruto prohibido. La intensidad de los gemidos daba prueba de ello, la curva de ascenso hacia el Monte Sinaí no era para buscar leyes, sino para romperlas, para encontrar el orgasmo en sus diferentes expresiones: “No desearás la mujer de tu grupo para ti solo, no robarás ese cuerpo que pertenece al clan, estos son los mandamientos, esta es mi ley.” Un hombre de sombrero yace tirado en el pasto, otro ha tomado su lugar en el rito sagrado, Max está poseído por el placer de la carne, por la esclavitud de los sentidos, entra en la piel empapada de la rubia, sus movimientos son intensos y enajenados, la sostiene con una mano de la cadera y con la otra golpea rítmicamente sus nalgas, aplasta las alas de la mariposa, gime por todos, grita por todos, concentra la energía del grupo en la punta de su miembro que abre el mar para que el pueblo elegido de la lujuria lo atraviese. Las mujeres gimen al unísono, doblegando la resistencia de sus hombres, de sus manos. De pronto la ausencia de sonido, Max voltea desde lo alto de su vuelo para mirarlos por última vez a todos, “Adriana” talla con fuerza debajo de su vestido, el cuello de la dama de rojo choca una y otra vez contra la corteza de su nuevo amigo el árbol, los pantalones de “Armand” yacen en sus tobillos, a un lado en el suelo su sombra entra y sale de la sombra de una mujer inclinada. El hombre calvo usa su mano, ha perdido la elegancia del sombrero y sus ojos están perdidos entre las nalgas de la rubia. “Bruno” calla, ausente, presente, castigado, ¿arrepentido? vuelve el sonido, intenso, violento, placentero, de gritos agónicos, de vahídos sensuales y orgasmos trepidantes que estremecen la tierra que los recibe al volver de su vuelo grupal. Se ha roto hasta el último resquicio de silencio que quedaba en la noche. Sentado en su esquina, con los ojos inciertos, “Bruno” ha recibido su lección, después de esa noche, no volverán a romperse las reglas, no habrá más peleas, los pecados han sido perdonados a través del pecado, la ley grupal se asienta en las piernas de una moral de ojos vendados y tetas al aire.

Max termina su remembranza, su mente se encuentra de vuelta en su departamento, ajustando los botones de una camisa, se encuentra de pie en el tocador, viste unos jeans azules y la camisa es una polo oscura, su pelo peinado y con apariencia húmeda. Se mira en el espejo y le sonríe al hombre que se parece tanto a él y lo observa con una llamarada en la mirada, son los ojos del monstruo que habita en su sangre, los recuerdos lo han despertado de su letargo, es muy pronto para otra dosis de ese placer supremo. Tendrá que conformarse con otro tipo de presa esa noche. Lo sacará a pasear por viejos y conocidos terruños.

Fuente: Extracto de “Con las Alas en Llamas”. Copyright © 2014 Germán Renko  Todos los derechos reservados

Germán Renko

Nota del autor: sus comentarios son bienvenidos y se agradecen, sin embargo, están sujetos a aprobación por lo que aparecerán publicados y serán respondidos tan pronto hayan sido leídos y aprobados.

Germán Renko @ArkRenko
Autor del libro “Con las Alas en Llamas”
www.AlasEnLlamas.com

Otras lecturas recomendadas:
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Acerca de Germán Renko

Escritor, Conferencista y columnista. Autor de: Con las Alas en Llamas. “Si no era Amor, era vicio. Porque jamás una boca me hizo regresar tantas veces por un beso”.

Comentarios

10 comentarios en “El bosque de los castigos

  1. los recuerdos lo han despertado de su letargo, es muy pronto para otra dosis de ese placer supremo. Tendrá que conformarse con otro tipo de presa esa noche. Lo sacará a pasear por viejos y conocidos terruños

    Publicado por Sonnia Edith Sanchez | 22, octubre, 2015, 11:26 am
  2. Las letras de estas líneas me hicieron volar, hasta aquel bosque,
    que calor sentí, no sabes ó quiza si…
    Felicito tu talento Renko.
    Pd: No vuelvas a perderte, te lo prohíbo ok.
    Saludos hermoso!!!

    Publicado por Tania Car C | 22, octubre, 2015, 12:17 pm
  3. Germán gracias por regresar!!!!! Por favor no vuelva a ausentarse de esa manera.

    Publicado por alix lopez | 22, octubre, 2015, 12:38 pm
  4. Todavía estoy tratando de asimilar toda esta historia y me parece increíble de creer que pueda suceder en la vida real, algo como esto. Siento que mis prejuicios me superan, pero respeto el contexto de la historia. Sin duda alguna, me has dejado con la curiosidad si pasó realmente o es parte de tu privilegiada imaginación. Lo cierto de todo es que muy en el fondo sé que todos tenemos demonios dormidos y por conocer. Gracias por compartir con tus cinco lectoras, el maravilloso viaje de tu kilómetro 13. Nunca dejas de sorprenderme y eso es grato porque cada encuentro es esperado ansiosamente y se convierte en momentos fugaces pero inolvidablementes sublimes.
    Bienvenido a mi vida, nuevamente Germán. No tienes idea cuanto te extrañé. Besos y abrazos de oso a la distancia.

    Publicado por Yeni Varela | 22, octubre, 2015, 3:17 pm
  5. ufffff qué kilómetro tan erótico, se siente tan rico tenerte de vuelta para que vuelvas a despertar todo aquelo que despiertas en mi. No te ausentes, mi poetaaa.

    Publicado por ana judith | 23, octubre, 2015, 4:29 am
  6. Delicatessen en tus palabras. Me has hecho viajar por un bosque de lujuria del cual no quiero regresar…..

    Publicado por Srta x | 27, octubre, 2015, 10:50 pm
  7. Yo sólo tengo algo que decir, yo quiero un Max en mi vida, en mi cama y entre mis piernas…

    Publicado por Señorita Indecente | 10, noviembre, 2015, 7:50 pm
  8. Agradecida por haberme incluido en su excitante visita al Bosque de los Castigos Sr. Renko, espero en la proxima visita me toque no solo ser observadora y experimentar viendo el placer ajeno, aunque aun solo observando, me encantó!

    Publicado por Adriana | 13, noviembre, 2015, 4:29 pm
  9. Estimado caballero misterioso, romántico y lujurioso, quién es capaz de llevar al cielo a una mujer con solo una letras! Se te admira y te piensa desde Costa Rica!!!!

    Publicado por Antonieta Arce | 18, noviembre, 2015, 8:55 am
  10. ¡Vaya! si andar buscando, lo conseguí y encontrándolo me descubrí…

    Publicado por Valery | 23, enero, 2016, 7:25 pm

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