“Doña Huevotes” y “Don Chingón”

Cuando hacer muchas cosas se vuelve la manera de sentir que todo está bien

Hay personas que trabajan muchísimo para tener la vida que llevan.

Y no hablo solo de un trabajo de ocho o diez horas al día. Hablo de quienes tienen dos, tres o más trabajos o actividades para generar ingresos.

Si de por sí un solo trabajo ya puede ser absorbente, tener varios lo multiplica. Hay más que controlar, más que mantener, más que revisar todo el tiempo.

En terapia observo un fenómeno interesante alrededor de esto. Muchas de estas personas no trabajan así porque sean adictas al trabajo o porque no sepan descansar. Trabajan así porque esa fue la manera en que lograron construir cierta estabilidad: la casa, el estilo de vida, la tranquilidad económica para su familia.

Fue una estrategia que funcionó, y durante años la mantuvieron con disciplina y esfuerzo.

Pero vivir de esa manera también va moldeando la forma de estar en el mundo.

Cuando alguien tiene varios proyectos o fuentes de ingreso, la mente rara vez descansa. Siempre hay pendientes que revisar, personas con las que coordinar o problemas que resolver. Más cuentas por pagar, más compromisos, más gente involucrada, más cosas que pueden salir mal.

Poco a poco la mente se acostumbra a vivir ocupada: a resolver, a anticipar problemas, a no bajar la guardia, a atender “emergencias” a cualquier hora. Incluso cuando no hay nada urgente que hacer, aparece esa inquietud de que algo se está olvidando, de que algo se podría estar escapando.

Y cuando ese ritmo se mantiene durante mucho tiempo, también tiene efectos en lo emocional.

El espacio interno se llena de tareas. La vida gira alrededor de pendientes, decisiones y responsabilidades, y queda poco lugar para procesar otras cosas: el cansancio emocional, los conflictos de pareja, las dudas personales, incluso preguntas más profundas sobre si la vida que llevan todavía tiene sentido.

A veces la pareja empieza a sentirse sola aunque la persona esté físicamente ahí. A veces los hijos crecen viendo a mamá o a papá siempre ocupados. A veces las amistades se van perdiendo porque nunca hay tiempo.

Muchas veces no es que la persona no quiera prestar atención a esos temas.

Es que simplemente no hay espacio mental para hacerlo.

Su vida funciona como una maquinaria que no se puede detener porque de ella dependen muchas otras cosas. Mientras todo siga en marcha, se sigue avanzando. Un poco como aquel personaje de El Principito que no podía parar de contar estrellas.

Tan ocupado contando estrellas que ya ni siquiera se detenía a mirar el cielo.

Pero cuando aparece una crisis, una crisis de pareja, un problema de salud o un agotamiento fuerte, muchas de estas personas llegan a terapia con una sensación difícil de explicar.

Llegan diciendo:

“No entiendo por qué me siento así… si en teoría me está yendo bien.”

Y es cuando vemos otra capa del asunto.

Cargar con muchas cosas al mismo tiempo también va formando una identidad.

La del que puede con todo.
El que resuelve.
El que siempre encuentra la forma.
El que no se detiene.
La que no tiene tiempo.
Ese personaje que en muchas familias todos conocen.
La mamá soltera que siempre está sacando adelante a sus hijos.
El papá proveedor que siempre anda trabajando en algo.

Yo les llamo:

“Doña Huevotes”.
“Don Chingón”.

Durante años esa identidad puede ser útil, incluso admirada por los demás.

Pero también tiene un costo.

Porque cuando alguien vive demasiado tiempo así, se vuelve muy difícil ponerse un límite. Detenerse no es una opción, es arriesgarse a que algo salga mal. Como si al bajar el ritmo todo se fuera a venir abajo

Muchas personas incluso sienten culpa cuando intentan descansar. Como si detenerse fuera irresponsable. Como si disfrutar un rato significara que algo importante se está descuidando.

Por eso muchas veces la terapia termina siendo el primer lugar donde esa persona puede empezar a mirar su vida con otro ritmo. Donde puede aprender algo que para muchos resulta sorprendentemente difícil: parar un poco, bajar la velocidad, y volver a disfrutar la vida sin sentir que está fallando Ahí es donde por fin se dan el tiempo para preguntarse:

¿Trabajo para vivir… o vivo para trabajar?

Si llegaste hasta aquí…

¿Y tú cuál eres: “Doña Huevotes” o “Don Chingón”?


Despedida

Gracias por leer hasta aquí 🙏

Escribo estos artículos para acompañar tu búsqueda de crecimiento.

Si crees que puede ayudar a alguien más, compártelo; a veces un texto es el primer paso hacia una mejor realidad.

Si algo de lo que leíste te movió, te incomodó o te hizo pensar distinto, me gustaría leerte. Déjame un comentario.

Por último, me encuentras en X con mi nombre y también puedes escucharme en XpressoDoble, junto a Eva, donde mientras el mundo corre, ahí elegimos detenernos para pensar lo que sentimos.

Con cariño,
Germán Renko
Psicólogo y terapeuta de pareja

No olvides también estas lecturas:

Deja un comentario

En tendencia