
Las historias que aprendimos a callar
Hay verdades que tardan años en encontrar un lugar donde puedan decirse sin ser juzgadas
Durante años he escuchado en consulta historias que rara vez se dicen en voz alta.
Historias de hombres que crecieron con madres emocionalmente abusivas, manipuladoras o profundamente narcisistas.
Historias que casi siempre se quedan en silencio.
Porque cuestionar a una madre parece romper uno de los tabúes más fuertes de nuestra cultura.
Lo que vas a leer a continuación no es una teoría ni un análisis clínico.
Es una historia personal.
Una historia que durante muchos años no supe cómo contar sin que el problema pareciera ser yo.
Cuando tenía 16 años, una mujer de la que estaba enamoradísimo me dijo algo que se me quedó grabado…
“Un hombre que habla mal de su madre no es un buen partido.
Yo jamás andaría con alguien que habla así de su madre.”
Recuerdo que me molestó muchísimo escucharlo.
Con los años entendí que ese comentario me marcó más de lo que imaginaba.
Porque yo no mentía cuando hablaba de mi madre. Quizás había resentimiento… pero lo que contaba también era verdad.
Mi madre biológica nunca me hizo sentir querido.
Crecí con castigos, abandonos y cosas que ningún niño debería vivir.
Mi infancia y mi adolescencia fueron una montaña rusa emocional.
Pero cada vez que hablaba de cómo me trataba mi madre, el problema parecía ser yo.
Porque en nuestra sociedad actual se asume que las mujeres son las buenas y los hombres los malos. Y si además se trata de las madres, siempre son amorosas, sacrificadas e incondicionales.
Así que si lo que viviste no encaja con esa historia, siempre habrá quien prefiera pensar que el que está mal eres tú.
Fue hasta que tomé terapia que lo que había sentido toda la vida empezó a tener sentido.
Mi madre biológica es narcisista.
Y mi última pareja tóxica también lo es.
En consulta he visto este patrón muchas veces.
Cuando un niño crece con una figura cuidadora narcisista, aprende a normalizar dinámicas que más tarde volverá a encontrar en sus relaciones adultas.
No porque las busque conscientemente.
Sino porque ese tipo de relación se vuelve lo familiar.
Y el cerebro humano suele confundir lo familiar con lo seguro.
Durante años muchos hombres repiten vínculos con mujeres emocionalmente abusivas sin entender por qué siempre terminan en el mismo tipo de historia.
Hasta que un día algo empieza a hacer clic.
Entonces entendí en terapia algo que durante años me había traído muchos problemas y confusión.
Ni todas las mujeres son buenas.
Ni todas las madres son amorosas, sacrificadas e incondicionales.
Este es uno de los temas más incómodos de abordar en nuestra cultura.
Porque el relato dominante es muy claro:
las madres representan amor, sacrificio y protección.
Y aunque eso es cierto en muchísimos casos, no lo es en todos.
También existen madres narcisistas, abusivas, manipuladoras o profundamente dañadas que terminan dañando a sus hijos.
Reconocerlo no significa odiar a las madres.
Significa aceptar que las relaciones humanas son más complejas que los discursos idealizados.
Y que el daño que había recibido por parte de algunas mujeres a lo largo de mi vida era real.
Durante años, por no haberme permitido reconocer el daño que me hizo mi madre, no desarrollé las herramientas para identificar ese mismo patrón en algunas de las mujeres con las que me relacioné.
A veces los hombres repetimos el mismo tipo de relación porque durante años nos enseñaron cómo tratar a una mujer, pero casi nadie nos enseña cómo debería tratarnos una. Y tampoco se nos permite hablar de lo que vivimos con ellas.
Porque cuando un hombre se atreve a hacerlo, con frecuencia no recibe comprensión, sino burlas. Le dicen “poco hombre”, “que está ardido”, o que simplemente no la ha superado. Así se invisibiliza el daño que cada vez más hombres se atreven a reconocer de mujeres abusivas, narcisistas o explotadoras.
Lo curioso es que hoy muchas mujeres demandan que los hombres sean más empáticos, más emocionales y más abiertos. Pero cuando un hombre habla del daño que vivió con una mujer, lo que muchas veces recibe es desprecio o juicio moral.
Por eso no sorprende que tantos hombres solo lleguen a terapia cuando ya tienen el agua hasta el cuello, a menudo confundidos y llenos de culpa. Ni que hoy en día muchos se sientan completamente perdidos para relacionarse sentimentalmente.
Algo que veo con frecuencia en terapia es esto:
Muchos hombres no llegan porque quieran conocerse mejor.
Llegan porque ya no pueden más.
Llegan cuando una relación terminó mal, cuando el resentimiento ya se volvió insoportable, o cuando la confusión emocional por una relación es demasiado grande.
No porque no quieran hablar.
Sino porque durante años aprendieron que hablar tiene consecuencias.
Si durante años sentiste que algo en tus relaciones no terminaba de tener sentido —si repetiste vínculos que te dejaron confundido, culpable o emocionalmente agotado— tal vez necesites un espacio donde poder mirar tu historia sin que te digan que exageras, que estás resentido o que deberías simplemente “superarlo”.
Porque cuando el dolor queda reducido a “debí haber aguantado más” o “seguro el problema soy yo”, la historia sigue repitiéndose.
Sanar no es quedarse atrapado en lo que te hicieron.
Es entender qué aprendiste a normalizar, qué señales no supiste reconocer y qué necesitas cambiar para no volver al mismo tipo de relación.
👉 Quiero entender mi historia y dejar de repetirla.
Despedida
Gracias por leer hasta aquí 🙏
Escribo estos artículos pensando en que le puedan servir a alguien que esté pasando por algo parecido.
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Con cariño,
Germán Renko
Psicólogo y terapeuta de pareja







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