
Un error frecuente en muchas mujeres al amar
La fantasía de esperar conductas ideales de personas reales
En consulta me doy cuenta de que muchas personas, especialmente mujeres, esperan de sus parejas un comportamiento idealizado y, en ocasiones, claramente distorsionado. Esperan que reaccionen como ellas lo harían, o suponen que por el solo hecho de estar en una relación —o porque hay sentimientos de por medio— la otra persona debería comportarse de cierta manera, según sus propias expectativas internas.
El problema no es esperar, sino cómo se espera
El problema no es tener expectativas. El problema es cómo se construyen.
Con frecuencia, estas expectativas se forman sin tomar en cuenta quién es realmente la pareja. Ni siquiera se consideran los antecedentes dentro de la propia relación: cómo ha respondido antes, qué ha podido dar y qué no, cómo maneja sus emociones, cuál es su nivel de madurez emocional, su edad, su historia afectiva, las circunstancias actuales que atraviesa y, en muchos casos, sus propios conflictos psicológicos o existenciales.
En el fondo, se espera una conducta ideal en condiciones ideales… y la conducta humana no funciona así.
Deseo, realidad y posibilidad: una confusión frecuente
Aquí aparece una confusión clínica importante: se confunde deseo con realidad, y necesidad con posibilidad. Se espera que el otro sea lo que yo necesito que sea, no lo que realmente es ni lo que hoy está en condiciones de ofrecer.
Esta falta de conciencia, sumada a creencias relacionales rígidas (“si me ama debería…”, “si está conmigo tendría que…”), genera un profundo malestar emocional cuando la realidad no coincide con lo esperado. La frustración, el enojo y la sensación de abandono no aparecen tanto por lo que la pareja hace o deja de hacer, sino por la distancia entre la expectativa sostenida y la experiencia real del vínculo.
Esperar recursos donde nunca los hubo
Un ejemplo muy común es esperar contención y apoyo emocional en momentos de crisis de alguien que, a lo largo de toda la relación, nunca ha demostrado contar con los recursos emocionales para brindar ese tipo de acompañamiento. No se trata de una falla reciente: es una constante ignorada y que se espera, casi mágicamente, que se resuelva justo cuando más se necesita.

Cuando la crisis del otro no deja espacio para el vínculo
Otro ejemplo frecuente ocurre cuando la pareja atraviesa una depresión, ansiedad o una crisis existencial propia —como un divorcio previo no resuelto, conflictos post separación, heridas de la infancia activas u otras problemáticas psicológicas— y, aun así, se espera que se comporte como una pareja atenta, amorosa, presente, disponible, detallista con la comunicación y el contacto.
En esos momentos, gran parte de su energía psíquica está puesta en sostenerse internamente. Su mundo emocional está colapsado o disperso. Su cabeza, literalmente, está en otro lado. No siempre se trata de desinterés o falta de amor, sino de una disponibilidad emocional limitada por su propio proceso.
Un caso clínico que ilustra el autoengaño
Recuerdo un caso en el que la pareja de una mujer acababa de separarse de su esposa después de más de veinte años de relación. De un día para otro estaba prácticamente en la calle, sin casa propia, con poco contacto con sus hijos y sin haber pasado nunca por un proceso terapéutico. Aun así, ella esperaba que él fuera atento, disponible y plenamente involucrado en la relación.
El punto es este: ese hombre estaba en pleno duelo y atravesando una crisis existencial. Su energía psíquica estaba puesta en sobrevivir a una pérdida profunda, no en construir un vínculo nuevo. En esas condiciones, pensar que podía sostener una relación de pareja de forma madura y estable no solo era irreal, sino clínicamente inviable. Antes de vincularse afectivamente, necesitaba elaborar su duelo y empezar a ordenar su mundo interno.
Tres cosas que conviene tener claras antes de seguir esperando
Aquí es clave hacer una distinción que muchas personas evitan porque duele asumirla:
Entender no es lo mismo que sostener indefinidamente.
Empatía no es sacrificio emocional.
Contexto no es excusa permanente.
Comprender por qué el otro es como es no convierte automáticamente ese vínculo en un lugar sano para permanecer. La empatía sirve para ver con claridad, no para justificar el desgaste propio ni para anestesiar decisiones que se vienen postergando.
Cuando la espera se vuelve herida
Cuando este contexto se ignora, es fácil caer en lecturas personalizadas del abandono: “no le importo”, “no soy suficiente”, “si hiciera más, cambiaría”. Interpretaciones que no siempre se ajustan a la realidad del otro, pero que sí terminan profundizando el sufrimiento de quien espera… y espera… y espera.
Preguntas que devuelven la responsabilidad
Y aquí conviene detenerse un momento y mirar hacia adentro:
¿Qué sigues esperando de alguien que nunca ha podido darlo?
¿Estás en una relación real o en una relación con tu expectativa?
¿Estás esperando un cambio… o evitando una decisión?
La expectativa como síntoma
En la práctica profesional observo muchas veces que la expectativa no es el problema en sí, sino el síntoma. Un síntoma de patrones relacionales repetidos, de heridas no resueltas, de aprendizajes tempranos donde amar implicaba adaptarse, esperar, comprender de más y pedir de menos, creencias distorsionadas sobre el amor y sus mitos románticos.
Entender todo esto no es justificarlo todo.
Es dejar de lastimarse esperando de alguien lo que hoy no puede dar…
y empezar a preguntarse por qué sigues eligiendo vínculos donde eso ocurre.
Ese es, muchas veces, el verdadero trabajo terapéutico.
El trabajo que empieza en uno mismo
Y ese trabajo no empieza en la pareja, sino en uno mismo. Empieza cuando se deja de usar la relación como escenario para reparar heridas antiguas y se asume la responsabilidad de mirarlas de frente. Cuando se revisa desde dónde se ama, qué se confunde con amor y qué se ha normalizado como “lo esperable” aun cuando duele.
Trabajar terapéuticamente implica desmontar esas lealtades invisibles al pasado, cuestionar las creencias que sostienen la espera interminable y aprender a distinguir entre comprender al otro y abandonarse a uno mismo. No para volverse frío ni exigir perfección, sino para construir vínculos donde el cuidado no sea un acto de sacrificio constante.
Porque cuando uno deja de pedir afuera lo que no ha trabajado adentro, algo cambia: la expectativa se vuelve elección, el vínculo deja de ser una apuesta ciega y el amor empieza a parecerse más a un encuentro entre dos personas reales, no a la repetición de una herida.
Ahí empieza el verdadero proceso terapéutico.
Y también, muchas veces, una forma más sana de amar.
Antes de despedirnos
Si al leer este artículo sentiste incomodidad, cansancio o incluso resistencia, no es casualidad. A veces no estamos agotados del amor ni de las relaciones, sino de sostener expectativas que ya no se ajustan a la realidad de los vínculos que elegimos.
Muchas personas llegan a consulta no porque “no sepan amar”, sino porque llevan demasiado tiempo intentando comprender al otro mientras se abandonan a sí mismas. Y ese desgaste, aunque silencioso, termina pasando factura.
Si reconoces algo de tu historia en estas líneas y sientes que es momento de revisar desde dónde eliges, qué repites y por qué sigues esperando donde no hay recursos, la terapia puede ser un espacio para hacerlo con acompañamiento.
No para acelerar procesos.
No para forzar decisiones.
Sino para dejar de transitar en soledad lo que hoy ya pesa.
Si deseas conocer más sobre mi trabajo clínico y las formas de acompañamiento disponibles, puedes hacerlo en el siguiente enlace 👉 Quiero trabajar en mí.
Despedida
Gracias infinitas por leer 🙏.
Cada artículo que escribo lo hago pensando en que llegará a ti, la persona que lo necesitaba y le sacará provecho.
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Me encuentras en X como @ArkRenko y escuchar hablo en XpressoDoble a lado de con Eva — un espacio para hablar largo y tendido de lo que nos remueve el alma y el corazón.
Con cariño,
Germán






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