La Columna de Renko

Amárrenme porque estoy loco.


Cuando era pequeño, en la colonia donde vivía jugábamos un juego llamado “La botella”, consistía en girar una botella y los dos a los que señalaban los extremos al terminar ésta de girar, debían cumplir la regla principal del juego: al participante que le caía el fondo de la botella le disparaba un reto a aquel que apuntaba la boca de la botella. Quien no cumplía su reto debía abandonar el juego, pero la diversión era aguantar y cumplir los retos, divertirse a costa de lo que eran capaces de hacer los demás y uno mismo. Los retos iban desde comer cebolla a mordidas o pararse de manos a cantar una canción o contar un chiste, los más ingeniosos inventaban retos como exponer una mentira,  travesura o secreto que habían hecho y nadie sabía. A mí me gustaban los retos de tipo gritar o hacer algo que pusiera a prueba nuestra resistencia al ridículo y la vergüenza; había uno en particular que me causaba mucha emoción, el cual consistía en pararse a media calle y gritar a todo pulmón “amárrenme porque estoy loco” o alguna otra frase vergonzosa.

A pesar del tiempo que ha transcurrido desde mi infancia y los grandes avances que se han logrado en materia de salud mental y emocional, hoy en día sigue siendo un gran reto compartir que se asiste a terapia psicológica y aún mas, decir frente al espejo que se necesita terapia y tomar la decisión de atender nuestros conflictos emocionales y psicológicos con un profesional. Pareciera que sin importar la época, reconocer necesitar ayuda es sinónimo de debilidad o todavía peor, un gran defecto, un motivo de rechazo y juicio público. Como si buscar ser una mejor versión de uno mismo fuera una meta vergonzosa que hay que mantener en secreto.

Hace algunos años, cuando inicié mi proceso terapéutico me sentí de nuevo ante la botella de la vida con el reto de gritar a mi mundo “amárrenme porque estoy loco”, aunque ayudaba a justificarlo que era un requisito para obtener mi certificación como psicólogo clínico, no dejaba de sentir que algo se removía en mi interior al externarlo. Sin embargo, con el paso del tiempo, cuando el efecto terapéutico empezó a sentirse en mi vida, luego de un montón de sesiones para cumplir con el requisito en horas de terapia y continuarla más allá de eso, ya no fue necesaria agregar aquella justificación al compartir que asistía a terapia; ahora era un converso del poder sanador de la terapia por mi propia experiencia.

Mientras avanzaba en mi proceso terapéutico entendí por qué era un requisito tan imperativo para la formación profesional: porque nadie puede ayudar a otros si no está bien consigo mismo para hacerlo y dicho proceso, bien llevado, se encarga de poner las cosas en su lugar allá arriba y también en el pecho. También entendí por qué, lamentablemente, hay colegas de profesión que sin importar los años de experiencia, en sus propias vidas son un desastre, con relaciones sentimentales caóticas o con muestras de inestabilidad en algunas áreas de su vida personal; porque probablemente su proceso terapéutico no fue llevado con efectividad y hasta el final, hasta estar aptos psíquica y emocionalmente para ayudar a los demás. El adagio reza, nadie puede dar lo que no tiene y en el área de la psicología se cumple como en ninguna otra.

Algunas personas piensan del psicólogo como una especie de mago de la mente armado con una varita mágica, que adivinará sus problemas con solo verles entrar al consultorio o con escucharlas hablar una sola vez y que solucionará con un movimiento secreto, alguna técnica capaz de hacer maravillas en un parpadeo, justo aquello que no han podido arreglar a lo largo de toda su vida. Lejos de haber trucos de magia en el proceso terapéutico, hay trabajo y tiempo dedicado a éste. Tiempo para, por mero sentido común, conocerse uno al otro. Tan solo hay que reflexionar que si una persona no ha sido capaz de conocerse a si misma en tantos años de existencia, ¿qué le hace pensar que un extraño lo va a conseguir con solo una o dos sesiones de 50 minutos?

Por este motivo, las primeras sesiones son de reconocimiento y exploración, un tiempo vital para que se desarrolle entre terapeuta y paciente, un lazo de confianza y honestidad, para generar una alianza terapéutica; para aplicar algunas evaluaciones para realizar el diagnóstico; para lograr mediante la plática abierta y en confianza, desahogar las emociones, hacer algunos ajustes para estabilizarlas y llevar un poco de bienestar a la vida diaria del paciente; pero sobre todo, para que el terapeuta conozca a su paciente, su vida pasada y actual, los hechos significativos que pudieron marcar su desarrollo y dar forma a su personalidad, moldear sus sentimientos y modos de sentir y manejar sus emociones. Nada de eso se logra por osmosis o telepatía, el paciente tiene que expresarlo, darlo a conocer, dejar que su psicólogo lo deduzca a través de recorrer sus vivencias pasadas.

Dependiendo de la naturaleza del malestar psicológico, un buen proceso terapéutico, llevado en tiempo y forma, puede tomar de 6 meses a dos años. Siendo el plazo mayor para trastornos complejos como algunos trastornos de personalidad y el plazo menor para heridas emocionales relacionadas con algún trauma psicológico ocurrido en la infancia, un duelo, infidelidad, separación, depresión, ansiedad o cambios en la vida del afectado que le producen malestar emocional.

Pero independientemente del tiempo, lo más importante es la disposición del afectado para entregarse de lleno a su proceso de mejora, venciendo el miedo y la vergüenza a conocerse a sí mismo, a abrirse, autoexplorarse y cumplir con las tareas que le sean encomendadas; se llama trabajo terapéutico porque hay que trabajar duro, esforzarse y poner de su parte, para hacer y deshacer; porque no basta con asistir cada semana a hablar, sino que hay que hacer algo con lo que se descubre, con la flecha que apunta a la herida, con el origen del malestar emocional, sea un trauma del pasado, una persona del presente, una relación, un trastorno, un conflicto interno. A Freud rogando y con el mazo dando.

Por el consultorio de un psicólogo se asoman y sientan todo tipo de seres infelices e insatisfechos  de sus vidas, que arrastran una infancia de abuso por parte de uno o ambos padres, o por otro adulto, victimas de un trauma pasado o reciente sin superar y que no tenían idea de las mil maneras que ese hecho afectaría su vida adulta, creándoles vicios y manías, miedos e inseguridades, incapacidades y patrones emocionales y sentimentales, desconfianzas y dependencias, temores al: rechazo, al abandono, a la soledad, al fracaso, al éxito, a la intimidad, al sexo, al Amor, a la vida, a las arañas, a los gérmenes, a las alturas, llenos de miedos de todos tamaños y sabores.

Una vez abiertos los ojos al daño pasado y que se ha tomado conciencia de esas heridas que determinaron la persona en la que se convirtió, nadie puede quedarse de brazos cruzados y sin hacer algo al respecto, sin seguir escarbando en busca de su sanación, tarde o temprano la semilla del autoconocimiento germina y da frutos.

Aunque conseguir dicho bienestar emocional es un proceso que requiere tiempo y esfuerzo, al final del camino vale la pena, porque lo que nos espera es una paz y plenitud como nunca se había sentido antes. Una sensación de haber llenado por fin el vacío, de juntar todas las piezas del rompecabezas, de sentirse completo y feliz, en la soledad o acompañado. Un estado mental en el cual se sale a la calle a gritar “Amárrenme porque estoy loco… loco de felicidad”.

“Al final de todo, crecer se trata no solo de crear, sino de romper; de romper los miedos, los paradigmas, las cadenas, el corazón, los apegos, los pedestales, la confianza, las reglas y las promesas, en cada conflicto está la oportunidad de aprender y volverse más fuerte.”

Germán Renko @ArkRenko
Autor del libro “Con las Alas en Llamas”.

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Acerca de Germán Renko

Psicólogo, escritor y Conferencista. Autor de: Con las Alas en Llamas. “Si no era Amor, era vicio. Porque jamás una boca me hizo regresar tantas veces por un beso”.

Comentarios

6 comentarios en “Amárrenme porque estoy loco.

  1. Me encanta tu forma de pensar. Leyendo me di cuenta que a mi no me faltaba terapia, tan solo me faltaba alguien que me amara tal y cual soy. Desde ese minuto, mis ansiedades se fueron, mis miedos se esfumaron y soy feliz con todo lo que la vida me da. Saludos!

    Publicado por María Pé | 18, noviembre, 2020, 5:56 am
    • La finalidad de la terapia es dotar al paciente de las herramientas necesarias para que haga frente a los problemas por sí mismo, qué gusto saber que encontraste el camino por ti sola, no todos lo logran y pedir ayuda no está mal.

      Publicado por Germán Renko | 21, noviembre, 2020, 10:35 pm
  2. Me hiciste viajar a mi infancia con el juego de la botella, que grandes éramos con esos juegos también el de semana inglesa que deseabas que te tocara con el chico que te gustaba!
    Me encanto tu escrito, y pues aquí sigo contigo aunque tú no conmigo abrazos y besos.
    @BelleDame02

    Publicado por Ara | 18, noviembre, 2020, 1:05 pm
  3. Uauuuuuuuu…ahora eres mi colega de profesion…Eres Psicólogo!!Que buena Noticia!! Felicidades!!Muchas Victorias German!!

    Publicado por Eliene- @Lenesouzinhaa | 20, noviembre, 2020, 10:44 pm

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