La Columna de Renko, Patreon - Crowdfunding

La era de la apatía


Hace dos años apareció en un rincón del estacionamiento del edificio donde vivo la inconfundible imagen de un hombre abatido por la vida a su más baja expresión. Matías era un vagabundo andrajoso y con pinta inconfundible de drogadicto que quién sabe cómo, llegó a echarse una siesta en el pasto comunal y cuya estancia duró un par de días sin que se le vieran ganas de irse por sí solo, a ratos lo veíamos tirado en un lado y a ratos sentado en otro padeciendo una resaca de las peores, ¿por qué nadie lo mandó sacar con la policía? No lo sé, creo que fue porque en estos tiempos la mayoría espera que otros reporten las fugas de agua, los accidentes de tráfico o a los “loquitos” que andan vagando por cualquier lado. A pesar de nuestro activismo viralizado en redes sociales, a la hora de actuar, somos una sociedad apática e indiferente. Sin embargo, creo que a más de uno le tocó el corazón verlo así de perdido y la mayoría lo juzgó inofensivo. Al fin y al cabo, no era el primer vagabundo que aparecía por la colonia, cada semana llegan en solitario o en grupo a pepenar entre la basura para retirar botes de aluminio, cartón, ropa usada y cuanta cosa puede rescatarse para su venta o uso. Es probable que sus días en el estacionamiento hubieran estado contados, de no ser porque una tarde despertó por completo y una mano caritativa le acercó un taco para que se alimentara. Al poco tiempo de su llegada, Matías sorprendió a cada inquilino de los 4 edificios que conforman el conjunto habitacional, porque en vez de estar tirado por aquí o por allá, lo veíamos con una escoba en la mano barriendo el estacionamiento y levantando la basura acumulada por los rincones.  Esta escena se repitió por meses, Matías barría las calles, limpiaba los cajones de estacionamiento, sacaba los botes de basura para que se los llevara el camión recolector y barría los desperdicios que dejaban los trabajadores. Algunos inquilinos empezamos a corresponder a su esfuerzo con comida o ropa usada, hasta los más recalcitrantes y apáticos, terminaron por aceptarlo como parte de la comunidad y respetar su diligencia. Sí, era un hombre que dormía en la calle, pero era educado, servicial y trabajador. Creo que fui de los primeros que empezaron a darle 50 pesos a la semana para ayudarle a sobrevivir y salir adelante, en mi interior pensaba que si los demás le daban otro poco, seguro no le faltaría qué comer. Si no podía darle dinero, le llevaba unos tacos, porque veía que las vecinas mujeres le mandaban  tuppers con recalentado. Me sorprendía que me llamara por mi nombre, siendo que jamás le hubiese dicho cómo me llamo, muy pronto se supo los nombres de grandes y chicos. En ocasiones, Matías se perdía por días, como gato, aunque siempre regresaba. Obviamente, seguía en las garras de las drogas. Mucho tiempo después de su llegada llegó a confesarme:

—No tienes idea Germán, las drogas son canijas, hubo ocasiones que vendí hasta la escoba para comprar más droga, aunque luego me arrepentía porque me quedaba sin la herramienta para ganarme la comida y debía pedir una escoba prestada para trabajar.

De pronto, Matías se desapareció por un mes. Nadie supo a dónde se fue, ni podía dar razón de su regreso. Se decía que se había ido con unos familiares que habían preguntado por él o que lo había levantado la policía, los más insidiosos, pronosticaban que estaba más clavadísimo que nunca en la droga. La vida citadina tiene un ritmo veloz, todavía estábamos preguntándonos  dónde se habría ido de “vacaciones” el antiguo vagabundo y ahora formal barrendero, cuando lo vimos aparecer campante de nuevo en el estacionamiento con sus pantalones anchos y su camisa a cuadros fajada. Se le veía más limpio y tranquilo que nunca. Con su actitud servicial y trabajadora, Matías  se ganó el respeto y la confianza de la mayoría de los vecinos. Un fin de semana, en una carne asada a la que lo invité a echarse un taco, me dijo:

—Estoy limpio, Germán, ingresé por un mes a uno de esos lugares para rehabilitarse de las drogas y  ya no me meto nada.

Ese fue el comienzo de grandes cambios en su vida. Pronto vimos que Matías traía celular en el bolsillo y que a veces venían algunas personas a visitarlo en una camioneta negra. Luego supimos que esta vez si eran sus familiares. A la vuelta de un año, Matías dormía en un carro viejo que un vecino le prestó y aunque ustedes no lo crean, también traía un ayudante para hacer la limpieza; otra alma perdida que hizo equipo para hacer de la cuadra un lugar más limpio. Recuerdo que una tarde le sugerí que empezara a ofrecerse a lavar los coches de los inquilinos para ganarse unos pesos extras. Al día siguiente, mi carro estaba recién lavado y con gusto le pagué 50 pesos por el servicio. En menos que canta un gallo, vi a Matías lavando coches por todos lados. Era lento para el trapo como él solo, pero cómo daba gusto verlo trabajar con esas ganas y entrega. Han pasado casi dos años desde que aquel vagabundo con resaca apareció en la colonia, hoy es un hombre de bien, tiene infinidad de trabajos informales desde barrer el estacionamiento, lavar coches, ayudar en un tianguis ambulante a una vecina, hacer mandados, cuidar las plantas, hasta pintar esto o arreglar aquello. El otro día lo vi con una señora medio sospechoso, me late, acá entre nos, que hasta su corazón se encuentra rehabilitado y cualquier día nos da otra sorpresa. Hasta hoy no había reparado porqué estuve al pendiente de Matías.

Yo, Germán, provengo de una familia pobre y disfuncional, mi niñez y juventud las pasé de casa en casa, un tiempo con una abuela, otro poco con mi mamá, luego un internado, después con varias tías y así hasta que pude vivir solo. Desde niño, aprendí a valerme por mi mismo porque en casa no había un papá en quien refugiarme. Recuerdo que desde la primaria despertaba temprano, tendía mi cama, me aseaba y vestía para irme a la escuela. A mi regreso nadie revisaba mis tareas y cada día era mi responsabilidad entregarlas en tiempo y forma. Jamás faltaba a clases y dejar de asistir por flojera o enfermedad era tan impensable como lanzarse enfrente de un carro en movimiento. Antes de los diez años, ya trabajaba en los supermercados empacando el mandado de los clientes. En las mañanas iba a la escuela y por las tardes a trabajar. Así fue la mayor parte de mi vida hasta llegar al momento de estudiar la universidad. Recuerdo que mi madre me dijo que debería estudiar en alguna escuela pública si quería tener una carrera y contar con alguna ayuda de su parte. Durante los años universitarios me acostumbré a hacer una comida al día y a cenar como vagabundo en las noches, es decir lo que fuera, pero en abundancia. Inventé una cena que consistía en papas guisadas con atún de lata, limón y sal, no eran una maravilla gourmet, pero los ingredientes eran baratos y me quitaban el hambre por su abundancia. Mi rutina siguió siendo la misma por varios semestres más: levantarse temprano, marchar a la escuela, luego al trabajo y regresar a casa casi a las 10 de la noche para hacer tareas o estudiar para los exámenes. Aparte de los domingos, no había mucho tiempo libre para diversiones.  Nunca fui de pedir ayuda, ni tampoco de esperarla, crecí acostumbrado a valerme por mi mismo y a lograr con mis propios medios lo que me proponía. No es de extrañar que por mucho tiempo haya sido ateo. Con el tiempo, traté de convencerme que nadie necesitaba de más ayuda para salir adelante que la propia, pero no podía evitar ver que mis compañeros y amigos con una familia pudiente, relacionada o unida obtenían mejores oportunidades y la vida les resultaba más cómoda. Mientras yo andaba en transporte público de arriba para abajo con mi credencial de estudiante para pagar menos, uno de mis compañeros de carrera traía un carro de modelo reciente y andaba siempre bien vestido, ni qué decir de bien alimentado, a otros los llevaban a la escuela los hermanos, el papá, el abuelo o la mamá, varios tenían alguna carcacha que les habían comprado sus padres o ellos mismos. Cuando íbamos a la cafetería porque teníamos alguna hora libre, yo era de los que solo pedía un café o refresco porque la cartera no daba para más. Las cosas mejoraron cuando por fin obtuve mi primer trabajo relacionado con la carrera que estudiaba, hasta empecé a dejar de parecer costal de huesos y pude dejar de vivir en casa ajena para irme a vivir a un departamento rentado, con esfuerzo y ahorro al tiempo compré mi primer coche. Ese fue el inicio de una nueva era: la vida adulta.

Como dije antes, por mucho tiempo juzgué a las personas de acuerdo a mis parámetros, pensaba que si alguien se hundía en los vicios o la mediocridad, era porque no quería superarse y sobreponerse a la adversidad, creía que no necesitaban más ayuda que sus extremidades y su determinación para lograr lo que quisieran. Sin embargo, cuando uno de mis primos cayó en las drogas entendí que los hijos pueden ser como las mariposas, si se les brinda ayuda para dejar la crisálida, salen con las alas débiles y nunca logran levantar el vuelo, pero si a los hijos se les da el entrenamiento que el tigre hembra da a sus cachorros, que les enseña a cazar y valerse por si mismos, cuando llega  hora de dejar la manada, saldrán bien preparados para enfrentarse al mundo. Yo fui un tigre huérfano en muchos aspectos, aunque ahora doy gracias de no haber sido una mariposa con las alas dañadas. Cuando pienso en Matías o en mi primo a quienes les tomó años dejar las drogas y enderezar sus vidas, comprendo que a nadie le cae mal un poco de ayuda, que quienes estamos mejor podemos abrir las manos y darle ayuda a quienes pasan por un mal rato o están en la búsqueda de hacer realidad un sueño.

¿Ustedes creen que aquel renacimiento como de película habría sido posible sin el esfuerzo diario de Matías por ganarse el sustento o que habría logrado dejar las drogas sin el respaldo y confianza que los inquilinos le brindamos? No lo sé, a veces pienso que Matías corrió con suerte en esta era de apatía en la que vivimos, en la que nos hemos acostumbrado tanto a la miseria y mendicidad que a pocos les importa un vagabundo más o uno menos. Una cultura en la que lejos de brindar ayuda a quienes la necesitan, gastamos nuestro tiempo en criticarlos y preparar argumentos para denostar el esfuerzo que hacen por salir adelante. Quién no se ha sorprendido criticando o escuchando al de a lado hacerlo con los malabaristas en los semáforos, los limpiacoches, los meseros o cajeros de un Oxxo. Acá en Latinoamérica muchos se sienten con autoridad moral para levantar un dedo acusador que lo mismo apunta para abajo, hacia un lado que para arriba. Desde el banquillo del prejuicio, los olimpistas son unos huevones, los que buscan becas unos mantenidos, los artistas unos delicados porque no se sacrifican más por su Amor al arte. Los que piden limosna son un fraude. Las organizaciones de superación personal un nido de bandidos que solo quieren sacarle dinero a la gente. Y así sucesivamente, no queda títere con cabeza, como dijera alguien una vez, somos una enorme cubeta de cangrejos en la que los que están abajo jalan de las patas a los que quieren salir.

Como habrán notado, únicamente me refiero a la cultura latinoamericana, porque lo que son Estados Unidos y Europa, son culturas con una marcada tendencia a la filantropía y el mecenazgo. En donde si una persona muestra inclinación a las artes y solicita ayuda en las redes sociales, no le llaman mantenido, sino por el contrario, miles de personas si pueden hacerlo aportan desde un dólar hasta las cantidades mas increíbles, cuando ese artista logra su meta de difundir su obra, de grabar un disco, publicar un libro o montar una exposición, se sienten orgullosos de él, porque sus triunfos los sienten suyos y se alegran de haber cooperado con su granito de arena para hacer del mundo un lugar mejor.   Escritores de USA con patrocinio

En nuestra cultura latina, por el contrario,  somos fantásticos para apoyar a los Youtubers con sus canales de suscripción, pero si se trata de sacar un peso del bolsillo, a la mayoría se les apaga la admiración por su trabajo y el deseo de apoyarlo. Queremos que todo sea gratis o que alguien más pague para que nos llegue gratis. Si Netflix hubiera empezado gratis, ahora tendríamos una plataforma que cada 5 minutos nos interrumpiría nuestra serie favorita para pasar un comercial. De hecho, en Internet hay plataforma que han intentado hacerlo de esa manera, pero hasta donde tengo conocimiento, ninguna ha hecho temblar al gigante del streaming en video.

En la labor de promover mi obra, mi lucha ha sido una cruzada solitaria, la única ayuda que he recibido ha sido la de mis fieles lectores que siguen mis redes, quienes se encargan de leer y compartir lo que escribo. Fuera de ahí, no hay más gente en el staff Renko,  supongo que suena increíble porque muchas veces han preguntado si soy yo detrás de mis redes o si hay un equipo manejando las respuestas y publicaciones, como si lo que hago solo pudiera ejecutarlo un gran departamento de mercadotecnia y relaciones públicas, quizá así sucede en las grandes editoriales.

Como mencioné en otras ocasiones, la editorial que publicó mis alas era pequeña, así que la labor de promoción y difusión estaba a mi cargo. No había presupuesto ni otras personas que se encargaran de tocar puertas en los medios o de usar sus contactos. Desde el lanzamiento, a falta de relaciones públicas y presupuesto para hacer promoción en medios masivos de comunicación, no paré de utilizar mis redes para llevar a cabo cuanta idea se me ocurrió para apoyar las ventas de mi libro. Desde que amanecía hasta que cerraba los ojos, ideaba estrategias, las implementaba y me despedazaba en dar respuestas, publicar tuits, crear imágenes para publicidad y un largo etcétera, alternaba mi tiempo de promoción con realizar labores administrativas para apoyar a la editorial, que si para diseñar, crear, pagar y lanzar un sitio web para vender en línea, que si se necesitaba un sitio (alasenllamas.com) exclusivo para el libro, me encargaba de financiarlo, de coordinar a los diseñadores en las distintas secciones de los sitios y otro largo etcétera. Con ese esfuerzo conjunto de ventas, se logró capital para conseguir un espacio en la Feria del libro que tendría lugar en Guadalajara a finales del 2014, así que había que pagar además del anticipo del espacio, la decoración, publicidad impresa, viáticos del equipo de trabajo, honorarios de un agente de relaciones públicas y un sinfín de gastos más. Para estas alturas, estaba metidisimo en la editorial y aparte de lo que aportaba como otro empleado más y el dinero que invertía en los servicios que se pagaban de mi bolsa, ofrecí mis regalías para reforzar la editorial, como han de imaginar, no vi un peso por concepto de ventas de mi libro. Medio año después de la FIL, me percaté que mi ciclo con la editorial había terminado, tomé mis maletas y me marché sin saber el rumbo que tendrían mis letras, sin un futuro cierto para mi próximo libro. Eso fue hace dos años.

Para el proyecto de escribir el nuevo libro, el camino era aparentemente claro, solo había que repetir de nuevo todo el ciclo. Excepto que el proyecto anterior me dejó mal parado económica y anímicamente. Debido a eso, dos años atrás planeé y diseñé una campaña de Crownfunding  para financiar “Con las alas en llamas II” y así también, la dejé guardada en el sitio de Patreon porque en la vida aprendí que la única ayuda que se necesita es la que puede procurarse uno mismo. Pero a inicio de este 2017, el proyecto del segundo libro seguía casi en el mismo punto. Entendí que a ese ritmo, pasarían 5 años antes que recuperara los recursos necesarios para repetir la hazaña del primer libro.

Estoy convencido que aún no desarrollo todo mi potencial como escritor, que hay montones de grandes historias en mi cabeza aguardando para ser contadas a mis lectores. En un momento de lucidez o catarsis, supe que soy Matías con la escoba en la mano, escribiendo pequeñas historias, dando chispazos de la luz que prometen mis siguientes libros y así como me levanto a diario para repartir el tiempo entre el trabajo diario y mi carrera de escritor, comprendí que como muchos Matías en el mundo, necesito ayuda en la continuación de un sueño. Hace poco desempolvé la idea de una campaña de Crowfunding  para financiar la segunda parte de “Con las alas en llamas”, por semanas dediqué tiempo y esfuerzo a renovarla, a preparar la información y las recompensas para los patrocinadores. Porque así como busco la ayuda, no de una sociedad apática e indiferente, sino de una comunidad madura y participativa que me ha brindado el privilegio de miles de lecturas en los relatos publicados en Internet y en mi libro, así mismo como busco la ayuda, me comprometo a dar lo mejor de mi mismo durante la campaña, a ofrecer una mejor versión de este Matías escritor que se pasea con su escoba acomodando letras por aquí y por allá. El relato “La esquina” recibió 2000 visitas en solo dos semanas, si cada uno de esos visitantes hace la aportación mínima en la campaña, el proyecto marchará sobre ruedas y pronto tendremos no solo un libro nuevo, sino muchos más.

La unión hace la fuerza y entre todos mis lectores, no solo unos cuantos, pueden darle el impulso de una gran editorial a mis letras y cuando al fin despeguen muy alto, sabrán que ese vuelo, ese triunfo es tan suyo como mío.

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Acerca de Germán Renko

Escritor, bloguero y tuitero. Autor de: Con las Alas en Llamas. “Si no era Amor, era vicio. Porque jamás una boca me hizo regresar tantas veces por un beso”.

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